La primera respuesta fue atacar la legalidad de este sistema de transmisión de ficheros, alegando infracción de derechos de autor por parte de los proveedores del servicio. A pesar de la victoria inicial contra la primera versión de Napster, los sistemas se modificaron limitando la intervención del programa en la transmisión de los datos lo suficiente como para eludir responsabilidades legales. El camino, vistos los últimos resultados (véase Metro-Goldwyn-Mayer Studios y otros contra Grokster y Streamcast), no parece que sea efectivo.
Paralelamente se puso en marcha una campaña dirigida a apelar a la conciencia moral de los ciudadanos. El principal lema era (en España todavía lo es) que descargarse música en mp3 es lo mismo que robar. Huelga decir que este recurso ha fallado estrepitosamente. Según una encuesta de Gallup realizada en el año 2003, el 83 % de usuarios de entre 13 y 17 años consideraban moralmente aceptable compartir ficheros. Otra encuesta realizada por New York Times y CBS indica que el 29 % de lo usuarios menores de 30 opinaban que la descarga de música es siempre aceptable, y un 64 % que en ocasiones es aceptable.
Los motivos que relata el artículo por los que no ha calado esta estrategia son los siguientes:
1) Alto precio de los CDs. La consideración de que los CDs de música son excesivamente altos es común en todo el mundo. En principio, los usuarios de P2P no se oponen a que se recompense a los artistas por su trabajo, pero no están de acuerdo en que se lleve la mayor parte las discográficas. Prueba de su conformidad con los artistas es que la asistencia a conciertos crece cada año, mientras que las ventas de CDs se reducen.
2) Percepción de hipocresía. Para muchos usuarios de estas redes, es difícil de aceptar que ellos roben a los artistas cuando la industria discográfica ha estado lucrándose durante muchos años gracias al trabajo de ellos.
3) Apatía. Muchos usuarios no simpatizan con las víctimas del P2P y no les importa que se diga que les roban, sencillamente porque consideran que los artistas y discográficas ya son lo suficientemente ricos.
4) La propia moral de Internet, en virtud de la cual los contenidos de la red serían de acceso y uso libre.
En cualquier caso, no ha funcionado, ni en EE.UU. ni, me aventuro a decir, en España. Vistas las cosas, en el año 2003 la industria no vio más remedio que demandar a los usuarios, infractores directos, pese a descartarse en un principio por las dificultades para llevarlas a cabo y la poca rentabilidad. El estudio calcula que en total se ha demandado a unos 2000 individuos.
El resultado para la imagen de la industria ha sido nefasto, criticándose la medida de excesiva y haciendo más impopular a la RIAA. El hecho se ha visto como el recurso de una industria rica y poderosa que resuelve sus problemas de modelo de negocio demandando a adolescentes. No obstante, se han conseguido los efectos intimidatorios. Pese a las cifras anteriores, el artículo menciona que el 69 % de los usuarios de entre 12 y 22 años reconocen que dejarían de bajarse música si existiese un serio riesgo de multa o de ir a la cárcel.
Las descargas de música han descendido pero, a pesar de todo, el número de usuarios de redes P2P sigue incrementándose, y no parece que haya una vuelta atrás. Incluso la industria discográfica reconoce que los sistemas P2P no se pueden erradicar, y que el futuro de la música está en su distribución digital. En el artículo se proponen varias soluciones. La DCIA (Distributed Computing Industry Association) sugiere utilizar las redes P2P, protegiendo técnicamente la música y que los usuarios paguen por sus descargas y, por ejemplo. En la mayoría de los casos no se pretende una revisión del papel de las discográficas (o de las entidades de gestión de derechos de autor) cuando su intervención en la distribución de música a través de Internet es cuestionable. Nada impide hoy que el usuario pueda obtener la música directamente de los artistas, pagándoles directamente y ahorrándose costes por la intervención de estas entidades.
En todo caso, las soluciones deben tener en cuenta que Internet ha cambiado las actitudes hacia la cultura. Cada vez existe mayor conciencia de que los contenidos de la red son gratis (por ejemplo, licencias como Creative Commons, el software libre, programas gratuitos,…). El papel de la industria discográfica es difícil. Deben convencer a los usuarios de Internet de que la música no es uno de los contenidos gratuitos de la red. Subyace aquí el sentido de los derechos de autor en la sociedad de la información. Las leyes sobre propiedad intelectual deben cambiar, y no precisamente, como todo apunta en España, para criminalizar más conductas.






3 Comentarios